Miguel se rio mientras Brisa se escondía detrás de un menú. Estaban jugando al escondite mientras esperaban la comida en una cafetería. La niña de cinco años pensaba que si ella no podía ver a su padre, él tampoco podía verla. Más tarde, Miguel se dio cuenta de que eso contenía una lección importante: ¿Creemos que podemos ocultarle nuestros pecados a Dios? ¿Pensamos que, si no podemos verlo, Él no puede vernos?
Aunque le encantaba hacer amistades y ayudar en el ministerio de adultos mayores de su iglesia, Carol se encontró siendo objeto de burlas de su líder. Le afectó tanto que tuvo que buscar consejo. Le sugirieron dejar el ministerio, pero no quería «abandonar» a los mayores. Atrapada entre dos opciones, entregó sus temores en oración a Dios, y Él le dio consuelo y tranquilidad. Le mostró que debía hablar con el líder, pero confiar en que Él resolvería la situación.
Abel había comprado software pirata durante años, simplemente porque era más barato. Aunque era ilegal, no sentía que fuera moralmente incorrecto; todos lo hacían. ¿Por qué debía él comprar software original tan caro? ¿Quién lo iba a controlar?
La generosidad de Esteban siempre me sorprendió. A menudo, compraba comidas y regalos para los miembros ancianos de la iglesia, los que limpiaban en su vecindario o cualquier persona que necesitara ánimo.
En Singapur, el gobierno alienta a la gente a apoyar buenas causas mediante la igualación de donaciones. «Complementa» las donaciones a organizaciones benéficas contribuyendo con una cantidad igual o mayor. Al multiplicar las contribuciones, espera incentivar a las personas a participar más en dádivas de caridad.
El tratamiento contra el cáncer de Nancy le provocó tantas úlceras en la boca y la garganta que ni siquiera podía tragar un trozo de pan. Durante muchos días dolorosos, tuvo que depender de la leche para llenar su estómago. Lo único que le sacaba una sonrisa era el gozo de conocer a Jesús… y sus nietos. Estar con ellos cada semana la ayudaba a no enfocarse en su situación. «Si no fuera por los niños, habría renunciado», dijo.
Como todos los hombres de Singapur, cuando cumplí dieciocho años, tuve que hacer el servicio militar obligatorio dos años y medio. Para ser sincero, lo afronté con bastante desgano. Como muchos otros, intentaba hacer lo mínimo, obedeciendo las instrucciones al pie de la letra… ni más ni menos.
En una entrevista de trabajo, a Carol le preguntaron repetidamente: «¿Por qué dejaste tu empleo anterior?». El entrevistador intuía el conflicto con su antiguo jefe y quería saber qué había sucedido.
José, un nuevo creyente en Jesús, revisaba frustrado las ofertas de trabajo. Sus empleos anteriores como mesero habían sido bien pagos, pero los turnos de fin de semana, típicos de los restaurantes, le dificultaban asistir a la iglesia con regularidad. «¿Por qué Dios no responde mi oración? —se lamentaba—. ¿No quiere que vaya a la iglesia?».
Owen estaba de vacaciones en el extranjero cuando recibió un inquietante mensaje de un colega: «El jefe está buscando reemplazarte». Profundamente afectado, una mañana oró al amanecer y le preguntó a Dios: «¿Dónde estás?». Luego, se acercó a la ventana para abrir las cortinas… allí vio un enorme y hermoso arcoíris suspendido sobre el lago. De inmediato, lo envolvió un cálido consuelo. «Fue como si Dios simplemente me dijera: “Tranquilo, aquí estoy”», recordó más tarde.